Mogro Miengo Gornazo Cudón Cuchía Barcena de Cudón
Historia

Las excelentes condiciones naturales de nuestro municipio fueron aprovechadas desde la más remota antigüedad. Los primeros humanos ya fijaron su atención en los enormes recursos que podía ofrecerles este entorno. Estaban rodeados, como sus vecinos de Altamira, de un espeso bosque donde podían cazar y conseguir alimentos. Pero tenían, además, la proximidad del mar y de las rías, un espacio de extraordinaria riqueza para su alimentación y quehacer cotidiano.
Los documentos más antiguos sobre nuestro municipio mencionan la explotación de la sal mediado el siglo IX. Este pozo de la sal, que era aprovechado por turno entre los vecinos, lo sitúan los historiadores entre Miengo y Cuchía, en el lugar conocido como Las Salinas, en el barrio de la Arena. La sal ha sido siempre un producto de primera necesidad, no sólo para condimentar los alimentos sino para la conservación del pescado, una utilidad que les venía como anillo al dedo a los primeros pobladores de nuestro municipio. Se cree que los últimos vestigios de estas salinas desaparecieron hace siglos cubiertos por la arena y que muy cerca pasaba el camino romano o medieval que cruzaba el Pas por la barca de Mogro y continuaba hasta Cudón, donde otra barca permitía seguir ruta por el término de Suances.

Pero la primera ocupación humana de nuestro Miengo fue muy anterior a la extracción de la sal. En las cuevas de Cudón y La Pila, en Cuchía, se han encontrado abundantes restos arqueológicos que demuestran la existencia de un largo asentamiento en nuestro entorno desde el Paleolítico. La de Cudón, además, está declarada Bien de Interés Cultural y presenta la colección más numerosa de arte esquemático de Cantabria con pinturas y grabados sencillos que van desde la Prehistoria hasta la Edad Media

La Edad Media nos deja la antigua denominación de la Honor de Miengo, que ha llegado desde entonces hasta nuestros días para identificar también al conjunto del municipio. Esta demarcación es la única que conservó el título de "Honor" con el paso de los siglos, un nombre que probablemente tiene su origen en una donación o beneficio por parte del Rey a los distintos monasterios y señores que tuvieron derechos sobre este territorio.

Muchos fueron los intereses que debía de ofrecer nuestro municipio en la Edad Media por la explotación de sal, la riqueza de las rías, y por su situación estratégica en medio de un camino vital para el tráfico de personas y mercancías. Por todo ello, no es extraño que los nombres de todos nuestros pueblos aparezcan citados en documentos escritos hace más de 1.000 años y que altos dignatarios y varios centros de poder de aquella época se beneficiaran de esta privilegiada situación durante muchos siglos

En el siglo IX, se sabe que varios pozos para extraer sal en Miengo fueron donados por diferentes personajes a la iglesia de San Salvador de Oviedo, a la abadía de Santillana del Mar y a las iglesias de Suances. En el año 978, el Conde de Castilla, Fernán González, dona Miengo y Cuchía con sus términos y pertenencias a la Abadía de Covarrubias. Poco después, su hijo, Sancho García, funda el monasterio de San Salvador de Oña, donde quedarán integradas todas las iglesias y pueblos que hoy forman nuestro municipio. Así nos encontramos que entre los siglos X y XII debieron de nacer todos los pueblos de la Honor, en torno a las primitivas iglesias y monasterios.

Los intereses del Rey, los abades, las villas y los señores continuaron centrándose en nuestro municipio en los siglos siguientes. La villa de Santander quería tener en Miengo su privilegio de carga y descarga, de hacer pesca y salazón. La abadía de Santillana del Mar tampoco quería privarse de los recursos que proporcionaba la ría de San Martín. Mientras tanto, los vecinos de la Honor se consideraban hombres libres, y únicamente encomendaban su protección a quien les valiera, sin mantener vínculo obligado con ningún señor en concreto. Esta situación cambiaría algo a partir del siglo XV, cuando la Casa de la Vega, en la actual Torrelavega, empezó a imponer su dominio gracias a los privilegios concedidos por los Reyes a la familia de los Garcilaso. Los descendientes de este linaje fueron los Duques del Infantado, quienes ejercerán el derecho de recaudar determinados impuestos e impartir justicia a los vecinos de Miengo durante casi cuatrocientos años.

Así las cosas, la Honor de Miengo, junto al Mayordomado de la Vega, actual municipio de Torrelavega y Polanco, formaron durante varios siglos una unidad administrativa mayor, bajo el control de un corregidor, máximo "funcionario" designado por los Duques del Infantado. En este corregimiento, cada concejo de la Honor de Miengo tenía un procurador, un representante, que como los demás vigilaban el comercio y los precios del vino, el pan, la sidra y otros productos elementales.

La Honor de Miengo también prestaba el servicio de vigilar la costa con una compañía permanente de varios hombres en el lugar de Umbrera, en el pueblo de Miengo. Y cuando era preciso, había que prestar servicios especiales, como aquella vez que trece soldados de todos los pueblos de la Honor fueron reclutados para ir a Santander en plena guerra con Inglaterra, ante el temor de que la escuadra inglesa derrotada en Cádiz en el año 1625 atacara la villa en su retirada.

Miengo, tal como lo conocemos ahora como municipio no se constituyó en ayuntamiento hasta el año 1822, aunque existía el claro precedente de la Honor como un ente perfectamente diferenciado que englobaba a los seis pueblos que lo forman en la actualidad. Poco antes se había terminado con los señoríos privados, y por tanto con los derechos de la Casa del Infantado en la Honor de Miengo.

Los pueblos de Miengo permanecieron sin grandes cambios hasta finales del siglo XIX. El número de vecinos del siglo XVI era muy semejante al que había 300 años más tarde. Si en 1589 se contabilizaban en los seis pueblos 240 vecinos, lo equivalente a poco más de 1.000 habitantes, en 1900 la población total ascendía a 1.275. Como es lógico, tampoco el número de viviendas varió sustancialmente y así nos encontramos que en 1850 había 276 en todo el municipio.

Tampoco la forma de vida de los vecinos de Miengo sufrió grandes alteraciones durante varios siglos. El sustento de las familias dependía básicamente de las labores en el campo, de la ganadería y de las faenas del marisqueo y la pesca en la proximidad de las rías.

Los vecinos de todos los pueblos tenían su propio monte, del cual extraían leña, hoja y una gran cantidad de productos de vital importancia en la vida cotidiana. La masa forestal de robles y cagigas debía de ser importante, pues incluso se reservaban en el siglo XVIII una parte de esos árboles para los astilleros de Guarnizo.

El resto del terreno se dedicaba al verde y a la hierba para el ganado, al cultivo del maíz y al cuidado de las huertas y los árboles frutales. También hubo trigo, viñedos y colmenas en varios pueblos del municipio y en todos se sembraba el lino, una planta de la cual se obtenía hilo y aceite de linaza después de un largo proceso.

Cuando los vecinos necesitaban moler el trigo o el maíz para hacer el pan acudían a los molinos de los concejos. En cada río o arroyo había por lo menos un molino, e incluso se aprovechaban las mareas para este fin, como ocurría en el molino de la Gándara en Mogro.

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